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Mesas de trabajo

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Deshacer un sombrero realizado con hojas trenzadas de la paja de la palmera toquilla para realizar un collar; darse cuenta que con los cientos de fósforos de varillas de madera de palo blanco acumulados a lo largo de los meses pandémicos se puede articular y construir otro collar.

O que las bolsas de plástico de esos envíos que crecieron desmesuradamente durante el aislamiento se pueden termomodelar y tejer en un telar con lanas guardadas; o que hasta la tierra, césped y ramas de árbol son factibles de modelar y tallar para cuentas de un original collar.

Lo que antes era una duda o pregunta hoy es una afirmación. Con un polvo que se consigue de triturar cáscaras de frutas disecadas, más gelatina vegetal, algunas algas, glicerina y harina de tubérculos se puede hacer un brazalete en material biodegradable.

Y más con materiales orgánicos. Los saquitos de té que se usan a diario, sumados a papel artesanal y seda natural, se pueden coser, pegar y quemar y así realizar un collar único, súper original.

Investigaciones personales

Ahora, papeles intervenidos con agua, óleos y tintas se convierten en broches, collares y hasta anillos. Y se sabe, las latas de gaseosas se reciclan y también se convierten en joyas.

Todos trabajos de transformación, resultado de investigaciones, ensayos, pruebas en un proceso de aprendizaje que desafió las condiciones de restricción.

Estos son solo algunos ejemplos de las 33 propuestas joyeras de alumnas, exalumnas y otras participantes de cursos virtuales de los talleres de las maestras joyeras Mabel Pena y Fabiana Gadano, que se ven a partir de hoy.

«Mesas de trabajo: recorridos e intermitencias en la joyería contemporánea» es una muestra presencial -también puede verse de manera virtual a través de labienal.ar-, en la sala El Yunque, de El Obrador Centro Creativo, Bartolomé Mitre 1670, Ciudad de Buenos Aires.

Solo con lo que hay a mano

La consigna fue de utilizar y poner en valor elementos cotidianos para aprender a suplir los materiales y las herramientas habituales de los talleres de joyería y resultó una experiencia interesantísima.

“Por nuestra condición humana estamos acostumbrados a estar provistos y no siempre estamos tan vulnerables y expuestos como en esta pandemia. Lograr traducir a través de la materialidad lo que esta situación de incertidumbre nos provocó fue un proceso enriquecedor”, comentan las joyeras, quienes plantean que las temáticas que se pusieron de manifiesto con la pandemia fueron el maltrato al medio ambiente, la amenaza de la enfermedad y movilizó mucho la necesidad de reciclar.

Qué otros elementos que puede haber en una casa terminó en joya? Bolsas, de plástico, gasa pañalera, bolsas de plástico, negativos fotográficos, placas radiográficas, esponjas, cápsulas de café, maderas reciclada, acrílico recuperado, PET de botellas, fibras de ceiba, chala de maíz, rafia, fibras de algodón de mopas, puntillas, viejas sábanas, gamuza, papel crepé, papel de diario, cartón, pergamino de cabrito y alambre de fardo.

Historias de reconversiones

Entre tantas reconversiones, llama la atención la historia de la obra de Susana Mandelbaum hecha con la mantilla de su madre que titubeó en usar pero que junto con hilo de cobre, cordón de algodón y tul, sobre los que aplicó técnicas textiles, convirtió en un collar “y dejó de ser un recuerdo, siempre en amorosa cadena con los que nos precedieron y vendrán”, señala.

Con los trajes de Tyvek y del poliestireno expandido que se desechan en las costas de la isla de Chiloé, en el extremo sur de Chile, donde la industria salmonera aniquila el suelo marino, Bárbara Méndez creó la colección «Legado» “con la esperanza de que todo se transforme, todo mute, todo cambie, solo debemos poner el alma en ello”, sostiene.

La pandemia nos llevó a darnos cuenta de muchas cosas que faltan o que hay que transformar. Desde mi ventana, veía la plaza de enfrente, cerrada, sin gente. Árboles, colores y formas en las que antes no había reparado. Esa mirada fue durante mucho tiempo la esperanza, quizás el equilibrio. Llegué a pensar que ése sería nuestro nuevo escenario, el desasosiego. Las cuatro estaciones pasaron ante mí, como una película, cambiando de paisaje, de colores y de formas. Darnos cuenta de lo que no registramos al vivir apurados es lo que inspiró mi trabajo materializado en piezas realizadas con esponja vegetal y fieltro teñidos y cosidos”, cuenta Claudia Scoponi.

Del mismo modo, en la ventana de su casa -“que enmarcaba lo que había afuera porque el resto debí imaginarlo”-, hizo foco Lara Szwarcbart “para pensar mundos posibles” con el paso del tiempo y la repetición. “¿Qué pasa afuera? ¿Qué hay? ¿Cómo está ese mundo que ya no puedo recorrer? Todo quedó sujeto a nuestra imaginación y memoria”. Y ese sentir lo materializó en anillos hechos con tapas de carpetas de acetato y acrílico.

“La consigna fue ampliamente cumplida y la intención de usar menos metal fue más aceptada, así como el desafío de aplicar distintas técnicas dentro de la joyería contemporánea, como otro tipo de ensambles y mucha costura, por ejemplo, que les permitió no depender de las herramientas del taller que no estuvo a mano”, destacan las maestras.

Participan Silvia Abad Prat, Mirta Allutto, Hebe Argentieri, Natalia Astesiano, Patricia Báez, Analía Basilio, Paula Botto Fiora, Rocío Britos, Luisana Castillo, Nora Castillo, Nadia Curi Antun, Andrea Doria López, Graciela Fassi, Blanca Gobbo, Susana Mandelbaum, Cecilia Mattera, Bárbara Méndez, Erica Mendizábal, María Rosa Mongelli, Bárbara Moses e Iona Nieva.

También, Gabriela Nirino, Susana Ortíz, Graciela Provera, Silvina Rebuffi, Mima Rodríguez Romero, Claudia Rosenberg, Viviana Salotto, Marita Sario, Liliana Schmerkin, Claudia Scoponi, Lara Szwarcbart y Natalia Temporetti López.

Féminas, anillo hecho con Tyvet desechado por las salmoneras de Chiloé, cobre, resina, perlas de vidrio de alta fusión de Bárbara Méndez.

Mares verdes, anillo construido en alpaca, sellador de uso industrial, pintura y acero de Hebe Argentieri

Crisálida, brazalete en material biodegradable, polvo de cáscaras de frutas disecadas, gelatinas vegetales, algas, glicerina y harina de tubérculos, cobre y alpaca de Analía Basilio

Tiempo/Deseo, collar hecho con papeles intervenidos con la técnica de agua, con óleos, tintas e hilo de seda de Paula Botto Fiora

Retoño, broche hecho con latas de gaseosas recicladas, resina epoxy y alpaca de Rocío Britos

Amarillo uno, colgante construido en madera, pintura acrílica, hilo de algodón y plata 925 de Luisana Castillo

Fitoplancton, broche hecho con acrílico y telas recuperados con resina, alpaca, acero; y Cuarentena y Felices los peces, collares construidos en acrílico recuperado, cables reciclados, tanza de acero de Nadia Curi Antun

Abrazo, collar en plástico PET reciclado termoformado, entintado y cuerda de seda enhebrada de Cecilia Mattera

Five o’clock, collar en papel artesanal de formio y banano, saquitos de té, seda natural cosidos, pegados y quemados de Graciela Fassi

En un rincón del alma, collar realizado a partir de una antigua mantilla, cobre, cordón de algodón y tul con técnicas textiles de Susana Mandelbaum

Incertidumbre, anillo con un trozo de alabastro italiano, carbón, foam board y alpaca de María Rosa Mongelli

Lapso I , II y III, anillos construidos en plástico PVC y acrílico de Lara Szwarcbart

Clan y despedida, broche en alambre de alpaca y papel tejido y construido de Iona Nieva

Recomponer, de la serie Triángulos del Sur II, collar hecho con un tejido plástico industrial ignífugo y pintura de Susana Ortíz

Semillas, collar realizado a partir de un biocompuesto de tierra, césped y ramas de árbol modelados y tallados con cordón de Gabriela Nirino

Viajemos, collar tejido al crochet, plegado y cocido con rafia de algodón, rafia de Madagascar, paja de seda, chaguar, gasa, seda de Graciela Provera

Recorrido, collar realizado con placas radiográficas, PET, un tubo de caucho flexible y cordón de goma de Claudia Rosenberg

Khaleesi, pulsera hecho con bolsas de plástico de envíos termomodeladas y lanas guatemaltecas tejidas en telar de Mima Rodríguez

Las palabras no alcanzan, collar construido con plástico, una sábana antigua y tintas de Marita Sario